Que lo del coche oficial es una cosa que da para mucho, para excesos y para chistes.
Que al presidente de Extremadura lo cazaron a 180 km./h., el chófer se cargó lo de los puntos, no hay otra, la multa la pagará el presidente, dice, aunque a saber, lo único bueno es que el presi asumió toda la culpa, achacando la velocidad a las necesidades de agenda. Igual es verdad y todo. Eso sí, se diga lo que se diga y sin prueba alguna, desde algunos sitios se mantiene la versión, sin la mínima duda o atisbo de posibilidad, de que la Guardia Civil no puso la multa.
Que el alcalde de Sevilla, chulito él, no tuvo mejor ocurrencia que viajar a Barcelona en avión para ver la final de la Copa del Rey de fútbol... y hacer que su chófer y su coche oficial cruzaran España de punta a punta para que estuviera en el aeropuerto cuando el susodicho bajase del avión. ¿A que lo flipas? Ya no es que haya que ser soberbio para hacer algo así, es que hay que ser tonto y pensar con cualquier parte del cuerpo menos el destinado a pensar. A todo esto yo me pregunto dónde está la explicación para que los alcaldes y demás representantes políticos consideren que su presencia es imprescindible -y gastos pagados- en eventos deportivos de los equipos de su ciudad, eso sí, sólo cuando se puede ganar algo y si los equipos son de relumbrón y dan para foto. Nunca entenderé esa necesidad de que los cargos públicos refrenden la importancia de los acontecimientos, ¿seguro que la importancia de esta final estuvo mejor representada por el alcalde de la ciudad que, no sé, si se hubiera invitado al palco del Camp Nou a un mito del sevillismo como el avilesino Campanal? Yo creo que no.
Que al presidente de Extremadura lo cazaron a 180 km./h., el chófer se cargó lo de los puntos, no hay otra, la multa la pagará el presidente, dice, aunque a saber, lo único bueno es que el presi asumió toda la culpa, achacando la velocidad a las necesidades de agenda. Igual es verdad y todo. Eso sí, se diga lo que se diga y sin prueba alguna, desde algunos sitios se mantiene la versión, sin la mínima duda o atisbo de posibilidad, de que la Guardia Civil no puso la multa.
Que el alcalde de Sevilla, chulito él, no tuvo mejor ocurrencia que viajar a Barcelona en avión para ver la final de la Copa del Rey de fútbol... y hacer que su chófer y su coche oficial cruzaran España de punta a punta para que estuviera en el aeropuerto cuando el susodicho bajase del avión. ¿A que lo flipas? Ya no es que haya que ser soberbio para hacer algo así, es que hay que ser tonto y pensar con cualquier parte del cuerpo menos el destinado a pensar. A todo esto yo me pregunto dónde está la explicación para que los alcaldes y demás representantes políticos consideren que su presencia es imprescindible -y gastos pagados- en eventos deportivos de los equipos de su ciudad, eso sí, sólo cuando se puede ganar algo y si los equipos son de relumbrón y dan para foto. Nunca entenderé esa necesidad de que los cargos públicos refrenden la importancia de los acontecimientos, ¿seguro que la importancia de esta final estuvo mejor representada por el alcalde de la ciudad que, no sé, si se hubiera invitado al palco del Camp Nou a un mito del sevillismo como el avilesino Campanal? Yo creo que no.

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